Durante siglos, el pueblo inuit ha dominado un método extraordinario para sobrevivir al frío ártico: construir iglús de nieve y hielo que conservan el calor sin usar fuego. Mientras que las temperaturas exteriores pueden descender hasta los -40 °C, el interior de un iglú puede mantenerse confortablemente cálido, alcanzando hasta los +20 °C gracias a ingeniosas técnicas de construcción y a las propiedades aislantes naturales de la nieve.

Los iglús son refugios en forma de cúpula cuidadosamente diseñados, generalmente de unos dos metros de altura y un diámetro ligeramente mayor. Estas estructuras se construyen con nieve compactada de los bancos de nieve o con bloques de hielo cuando no hay bancos de nieve disponibles. La entrada es un túnel bajo que ayuda a retener el aire caliente en el interior y proporciona ventilación natural. Para los refugios temporales, se excavan cuevas de nieve en los bancos de nieve; para los hogares más permanentes, los iglús se construyen bloque a bloque, con formas adaptadas para una mayor resistencia estructural.

Para mantener unidos los bloques, los constructores inuit utilizan una mezcla de nieve y agua, que al congelarse forma una unión fuerte. Algunos iglús incluyen ventanas de hielo transparentes o secciones hechas de membranas animales para permitir la entrada de luz. Tradicionalmente, lámparas alimentadas con grasa animal complementan la luz natural que penetra por las paredes de nieve. La estructura compacta y el calor corporal de los ocupantes mantienen el iglú sorprendentemente cálido y seco en su interior.

Incluso hoy en día, algunas comunidades indígenas siguen utilizando iglús durante los meses de invierno. Estas casas de nieve a veces están conectadas por túneles, lo que permite el desplazamiento entre refugios sin exponerse a las inclemencias del tiempo. Esta técnica, tan duradera, ha sido adoptada incluso por exploradores y montañeros del Ártico, lo que demuestra el valor perdurable de este ingenioso método de supervivencia.
