Aitana Sánchez-Gijón atraviesa uno de los momentos más dolorosos de su vida tras la pérdida de su madre, Fiorella de Angelis, una figura fundamental en su historia personal y profesional. La noticia, conocida en las últimas horas, ha sacudido profundamente a su entorno y ha devuelto a la actriz a un escenario marcado por el silencio, la emoción contenida y una despedida cargada de significado.
Fiorella de Angelis falleció el 26 de abril en Madrid tras un empeoramiento en su estado de salud, del que no han trascendido detalles, manteniéndose la discreción que siempre ha caracterizado a la familia. La pérdida supone un golpe especialmente duro para la actriz, que estaba muy unida a su madre y la consideraba uno de los pilares más importantes de su vida.

La despedida tuvo lugar al día siguiente en la capital, en un ambiente de máxima intimidad. Lejos del foco mediático, Aitana acudió al tanatorio y posteriormente al crematorio de la M30 acompañada por sus hijos, Teo y Bruna, así como por su hermano y algunos familiares cercanos. Las imágenes reflejaban una escena sobria, marcada por el respeto y el dolor, donde cada gesto hablaba más que cualquier declaración.

La actriz, visiblemente afectada, evitó hacer comentarios públicos. Su actitud, reservada y silenciosa, dejó claro el impacto emocional del momento. Oculta tras gafas de sol y con un semblante serio, se centró en acompañar a su madre en su último adiós, rodeada únicamente de su círculo más íntimo.

La relación entre madre e hija había sido siempre especialmente estrecha. Fiorella no solo fue un apoyo constante en su vida personal, sino también una influencia clave en su desarrollo intelectual y artístico. De hecho, uno de los momentos más recordados de su carrera reciente tuvo lugar en 2025, cuando Aitana recibió el Goya de Honor y se lo dedicó públicamente a su madre, agradeciéndole todo lo que había significado para ella.

Este recuerdo, ahora cargado de una nueva dimensión emocional, se convierte en una de las últimas imágenes compartidas entre ambas, un instante que adquiere un valor aún más profundo tras su fallecimiento. La actriz pierde así a uno de sus grandes referentes, años después de haber tenido que despedirse también de su padre en 2007.
En medio de esta situación, Aitana encuentra refugio en su familia, especialmente en sus hijos, que se han convertido en su principal apoyo en estos días de duelo. La despedida, marcada por la discreción y el recogimiento, refleja el estilo con el que siempre ha gestionado su vida privada: lejos del ruido, pero profundamente intensa en lo emocional.